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Lavado de Dividendos
El lavado de dividendos propiamente dicho es una operación
rentable sólo para inversores institucionales (empresas, fondos de inversión, fondos de
pensiones) e inversores no
residentes. El dividendo está sometido a una retención del 25%. Cierto es que, con
algunas excepciones, los inversores institucionales y no residentes tienen derecho a
regularizar la retención por devolución o por compensación con su liquidación de
Impuesto de Sociedades. Pero entre la retención y su regularización pasa un tiempo cuyo
efecto financiero equivale al de un "préstamo" sin intereses a Hacienda. Para
evitarlo, el truco consiste en vender los valores la víspera del cobro y recomprarlos una
vez se haya descontado el dividendo, sustituyendo el cobro del dividendo por una
plusvalía equivalente que no tiene retención. Esto es lo que se conoce como
"lavar" el dividendo.
El inversor particular con plusvalías a corto tiene la
oportunidad de actuar de "lavadora" comprando acciones la víspera y
vendiendolas una descontado el dividendo que cobrará en paralelo. Su razonamiento es que
no le importa "prestar" dinero a Hacienda pues el
excelente tratamiento fiscal de los dividendos compensa con creces el efecto financiero
negativo de la retención.
Se trata en todo caso de una operación con cierto riesgo
pues la cotización no sólo recogerá el descuento del dividendo sino también otras
variaciones. Aquí se confía en que haciendo varias operaciones las plusvalías de unas
compensen las minusvalías de otras. Y, por supuesto, en hacer la operación en el menor
plazo de tiempo posible entre la compra y la venta.
Por desgracia, esta posibilidad parece que se va a acabar
en 1998. Para evitar algo que se había convertido en una práctica corriente de
"inversores listos" (lo que avala su bondad más allá de los riesgos
apuntados), se ha planteado una modificación normativa consistente en exigir un plazo de
tenencia mínimo de dos meses tanto previos como posteriores al cobro de los dividendos
para poder aplicar la deducción por doble imposición.
De esta forma la operación pierde casi todo su
"encanto". Sin embargo, la idea de conmutar plusvalías por dividendos no debe
olvidarse, pues en algunas circunstancias concretas puede ser interesante para el inversor
a largo plazo.
Con esto finaliza esta serie que confío resulte útil como
compensación a su aridez. Para compensar el aburrimiento de esta serie la próxima será
una de las más "literarias" y divertidas (en clave de humor negro) que se
pueden escribir sobre la Bolsa: la historia de los grandes "crash" bursátiles.
ENRIQUE GALLEGO
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