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RED FINANCIERA - ACCESO RÁPIDO |
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Los Crash 2 Con frecuencia suelo hablar de "burbujas"
especulativas. Este curioso término fue acuñado en Londres con motivo del crash de la
South Sea Company en 1720 y alude al clásico mecanismo de la especulación: la
cotización se hincha y se hincha cual burbuja, pompa La South Sea Company nació premonitoriamente bajo el signo
de la especulación en la más despectiva de las múltiples acepciones de la palabra:
"Efectuar operaciones comerciales o financieras, con la esperanza de obtener
beneficios basados en las variaciones de los Fue fundada en 1711 por Robert Harley, Conde de Oxford. Su
gerente fue un tal John Blunt, antiguo escribiente, y sus financiadores un grupo de
comerciantes ingleses que doblaron sin En 1711 Inglaterra arrastraba la carga de una gran deuda pública producto del esfuerzo colonial y de las continuas guerras (en ese momento estaba comprometida con el archiduque de Austria en la Guerra de Sucesión Española). Cabía poner en duda la solvencia de la Corona Inglesa para atender su deuda, por lo que cotizaba por debajo de su valor nominal (como ha pasado en fechas recientes con la deuda de los países latinoamericanos). Asimismo, era norma general que las metrópolis se
reservaran la exclusiva del comercio con sus colonias. Les exportaban productos
manufacturados a cambio de materias primas, productos exóticos y metales preciosos. Ni
que decir tiene que se trataba de relaciones de La South Sea Company negoció con el gobierno inglés la compra y amortización de deuda pública por importe de 10 millones de libras, deuda financiada mediante la emisión de acciones de la Compañía. A cambio recibiría a perpetuidad un 6% anual del importe de la deuda amortizada y la concesión de la exclusiva del comercio inglés con las colonias sudamericanas... de España. Es decir, una acción de la South Sea Company era una mezcla de un bono de deuda perpetua al 6% más una exclusiva de comercio en teoría con unos beneficios potencialmente fabulosos; en la práctica tales beneficios apenas existían, puesto que España no estaba dispuesta a permitir la entrada masiva de los competitivos productos ingleses en el mercado cautivo de sus colonias. Los bonos canjeados cotizaban en el mercado secundario
alrededor de 55. En los meses previos a la operación los promotores de la South Sea
Company compraron en secreto bonos que se convirtieron automáticamente en acciones a la
par en la proporción de uno por uno. La mejora en la solvencia del gobierno inglés (al
haber convertido en perpetuo un porcentaje significativo de la deuda) permitía confiar en
el abono regular de los intereses pactados y, si añadimos el descuento de las
expectativas de comercio con las colonias españolas, no es de extrañar que las acciones
cotizaran en la bolsa a la par, incluso un Durante años la cotización se movió levemente por encima
de la par en un típico "suelo durmiente" sin variaciones y con escasa
actividad. Se cobraban regularmente los intereses pactados, pero el comercio apenas
aportaba nada. España dejaba entrar con cuentagotas a El drama comenzó a gestarse en 1719 como consecuencia
indirecta de otra operación especulativa, la de la Compagnie d'Occident o Compañía del
Misissipi como se la conocía popularmente. Su promotor era un escocés llamado John Law,
que más bien debió A pesar de semejantes antecedentes Law, que en sus ratos
libres elucubraba ingeniosas operaciones financieras (otro "ingeniero"), logró
ganarse la confianza del regente francés Felipe de Orleans (Luis XIV había muerto y Luis
XV era menor de edad). Francia tenía el mismo problema con la deuda pública y Law
encontró la solución. El Gobierno otorgó a la Compañía del Missisipi, controlada por
Law, la explotación de los yacimientos de oro que supuestamente existían en la Luisiana.
Se hizo una OPV y el éxito desbordó todas las La fama de la Compañía del Misissipi trascendió las fronteras y el ahorro inglés comenzó a afluir masivamente a Francia en pos de la quimera del oro de la Luisiana. Alarmado, el Gobierno inglés pensó, no sin lógica, que podía montar una versión inglesa de la Compañía del Misissipi, y para ello nada mejor que la de los Mares del Sur que ya existía sobre bases similares. Por esta época Inglaterra estaba en guerra con España (debido al intento español de recuperar sus posesiones italianas que le enfrentó con el resto de Europa) y las rutas de comercio bloqueadas. Sin embargo, a finales de 1719 se vislumbraba la paz que efectivamente se firmaría en 1720. A principios de 1720 la South Sea cotizaba a 128. Decidida
a hacer frente a la Compañía del Misissipi se ofreció a hacerse cargo de la deuda
nacional en su integridad (31 millones de libras). El 22 de enero se nombró un cómite
para estudiar la propuesta y el 2 de febrero Para "calentar" la cotización se hizo correr el rumor de que España aceptaría la liberalización de su comercio colonial a cambio de contrapartidas como la devolución de Gibraltar. Para "engrasar" el trámite parlamentario se repartían opciones de compra a la cotización del día y sin ningún desembolso. Más adelante, una vez que las acciones habían subido, el beneficiario ejercía la opción vendiendo a precio de mercado y embolsandose limpiamente la diferencia. Se buscaron personas influyentes de derecho, tales como ministros y parlamentarios, pero también de hecho como la amante del rey y sus "sobrinos" (muy parecidos a Su Majestad). En marzo las acciones llegaron a cotizar a 330. La burbuja había comenzado a hincharse hasta ser evidente
su naturaleza para los participantes más expertos y racionales. Como siempre sucede en
estos casos se dividieron en dos bandos que se pueden simbolizar en los comentarios de dos
banqueros de la época. El frances Martin suscribió 500 libras y se justificó con la
afirmación: "cuando el resto del mundo enloquece debemos imitarle en cierta
medida". El holandés Crellins se mantuvo al margen, observando fríamente que
parecía "ni más ni menos como si todos los locos El 7 de abril se aprobó el proyecto de Ley y los más
astutos aplicaron el precepto "compra con el rumor y vende con la noticia". En
dos días la acción cayó hasta 278. Sin embargo, el 12 de abril los directivos de la
South Sea, sin dejarse intimidar, lanzaron una emisión a 300 libras con un desembolso
inicial de 60 libras y el resto en ocho cómodos plazos. Su Majestad, convenientemente
aconsejado, suscribió 100.000 libras y se hicieron circular nuevos rumores sobre las
perspectivas de la compañía. En aquella época no había televisión La acción subió a 340 y la compañía respondió
anunciando un dividendo del 10% y una nueva emisión a 400 libras. A finales de mayo las
acciones se cotizaban a 550. En junio se lanzó una nueva emisión con un plan de pago
todavía más cómodo: 10% del pago inicial sin Al otro lado del canal las cosas no le iban nada bien al
ingeniero financiero John Law. Había recurrido a ingeniosos trucos como
"pasear", equipados con picos y palas, a mendigos reclutados al efecto, a fin de
dar la sensación que se reclutaban obreros para la explotación de las minas. Pero llegó
un momento en que se le acabaron los conejos de la chistera. Además de la Compañía del
Missisipi, la pieza clave de su entramado era la Banque Royal con autorización para
emitir billetes teóricamente canjeables por oro. Cuando comenzó a Inglaterra más atrasada en el ciclo especulativo lo vivía
en todo su auge, quealcanzó caracteres inusitados. Se produjo una proliferación de
nuevas compañías que aprovechaban la euforia reinante para colocar sus acciones. Algunas
planteaban iniciativas, arriesgadas e inciertas pero al menos sensatas, como construir
barcos para combatir la piratería o la de aquellas esforzadas mujeres que se unieron para
montar una empresa de confección "resueltas como un solo hombre (sic) a no admitir a
ningún varon, sino que se suscribirían El Parlamento decidió poner prohibir estas "burbujas" (bubbles) y promulgó a tal efecto la Bubble Act, una ley que, bajo pretexto de proteger a los inversores, los dejaba indefensos en las manos de la "burbuja madre" la de la South Sea a la que por supuesto no se tocaba. En el mes de junio las acciones se dispararon hasta tocar
en un momento el máximo de 1050. Por esta época los propietarios y gestores de la
Compañía habían comenzado en el mes de julio el clásico proceso de distribución
vendiendo sus acciones lo que, como suele El 31 de agosto, todavía por encima del 800, después de
un último rebote (el hombro derecho de la H-C-H) la compañía anunció el abono de un
dividendo del 50% durante los próximos doce años, sin explicar cómo podría hacerlo.
Las acciones siguieron bajando hasta Entonces estalló el pánico y la cotización se hundió en
un proceso de caída escalofriante sin apenas pausas ni rebotes. El 30 de septiembre las
acciones estaban a 150 libras: una caída de más del 80% El gobierno intentó desesperadamente salvar la situación
con declaraciones públicas y apoyos financieros del Banco de Inglaterra. Tras algunos
rebotes, en donde las acciones lograron remontar por encima del 200, la cotización se
vino abajo definitivamente hasta los (Para entender el significado de todas las cifras y hechos
manejados podemos hacer un ejercicio de transposición a nuestra realidad. Supongamos que
Villalonga se descuelga con la propuesta de que Telefónica se va a hacer cargo de la
deuda pública española a cambio de un interés fijo y de la posibilidad de arrebatarle a
la ATT y demás compañías de telecomunicación el tráfico telefónico de larga
distancia en Estados Unidos (a través de un acuerdo de estado negociado entre España y
USA). Si la repercusión en las cotizaciones John Blunt tras sobrevivir a un atentado, obra sin duda de un accionista un tanto descontento de su gestión, optó por salvar el pellejo solicitando la protección del gobierno a cambio de denunciar a los políticos y demás personas influyentes implicadas en la maniobra. Hubo detenciones, confiscación de propiedades, expulsiones del Parlamento y hasta algún suicidio, que nunca falta en estos culebrones. Pero la ruina de miles de personas era inevitable y la secuela subsiguiente también: Inglaterra vivió una larga y profunda recesión en los años siguientes. Lo curioso del asunto es que la South Sea no desapareció. En la medida que poseía una fuente de ingresos fija y segura, aunque modesta, vivió una existencia tan larga como apacible hasta 1855 en que las acciones volvieron a ser canjeadas por bonos y la compañía se disolvió. Entre las víctimas de la crisis figuró una muy ilustre:
Isaac Newton. A finales de abril tomó beneficios obteniendo 7.000 libras limpias. Pero en
el momento culminante de la especulación volvió a entrar, arrepentido del dinero que
había dejado de ganar, y terminó "Soy capaz de predecir el movimiento de los astros
pero no la locura de las multitudes" ENRIQUE GALLEGO |
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